martes, 15 de octubre de 2013

DE LA BERREA A LA TRANQUILIDAD DEL TARDÍO EN EZCARAY


En esta breve publicación quiero mostraros algunas imágenes tomadas en compañía de mi amigo y fotógrafo de naturaleza Diego Ortega Robredo, aprovechando los últimos días de la berrea o brama del ciervo rojo (Cervus elaphus). 

Este admirable evento natural acontece durante las primeras semanas de la estación otoñal, tras producirse una progresiva reducción del número de horas de insolación diaria, lo que científicamente denominamos fotoperiodo, y cuando la humedad y el frescor ambiental terminan penetrando en las áreas más montaraces de nuestras sierras. Rasgos innegables que marcan la cercanía de un nuevo estilo de vida postrero; metamorfosis del mundo natural. 

Es la llegada del TARDÍO. Época de tranquilidad y esperado sosiego en los valles cabeceros del río Oja. Si con suerte, las temperaturas continúan siendo suaves y la lluvia no es demasiado excesiva, el espectáculo natural que te ofrecen nuestros montes y sus acogedores rincones, resulta auténticamente inigualable.


Observar a los ciervos en pleno desenfreno afectivo es un verdadero placer para los sentidos. Los estruendosos mugidos emitidos desde el monte. Los impresos aromas expelidos desde las cañadas y pasadas. Y por supuesto, la regia silueta del combativo luchador. Su ornamentada sombra suele visualizarse en la oscuridad de la tarde, interrumpiendo en el perfil curvilíneo del horizonte montañoso; marcando sus dominios, asegurando la fidelidad de su preciado legado…Una severa extenuación llega a limitar la resistencia de los más curtidos pretendientes. Sólo los más fuertes conseguirán llegar con suficientes fuerzas para afrontar la etapa final del periodo de celo. Aun así, en estas áreas abiertas de montaña, en los que las densidades de animales no son especialmente elevadas, el combate entre dos supuestos rivales confrontados suele ser la última alternativa a seguir. El altercado físico siempre tiende a evitarse por ambas partes. Para mantener las distancias, bastan las resonantes voces, aderezadas con un variado elenco de actitudes pretenciosas y disuasorias.


Los paisajes de la alta Sierra de La Demanda, nos ofrecen unos escenarios naturales de sensacional e inolvidable belleza, principalmente durante estas leves fechas pasajeras. En la penumbra del orto, o en la oscuridad del ocaso, el alboroto está prácticamente garantizado. La armada cabeza vigila erguida desde lo alto de la escarpada ladera. Defendiendo unos aglomerados grupos de hembras, fértiles y puras, instruidas siempre por la cierva más veterana, guía experta de la manada. Todas ellas van seguidas por sus jóvenes crías, recelosas y expectantes.  De entre las últimas, las nacidas durante la pasada primavera serán mantenidas al margen por el macho dominante, alejándolas de sus exuberantes y codiciadas madres. Por su parte, los cervatos primerizos también serán excluidos de los mejores territorios pratenses. Cautelosos, desde la distante frontera territorial, se encargarán de asimilar los mejores alardes de sus aguerridos predecesores. 

La observación de la berrea en la Sierra de La Demanda nos permite disfrutar de la fauna en libertad, dentro de un marco paisajístico sin igual. Primeras luces del alba iluminando los vértices de Otero y Campos Blancos



Los pasionales gemidos estremecen en la serenidad nocturna del sotobosque, retumbando en las majadas y collados de la alta sierra. Después, un profundo silencio acaba apoderándose de las divisorias más elevadas. La otrora exhibición de los grandes machos, queda relegada al extremo sigilo, oculta y retirada hasta la próxima temporada. Su corpulenta presencia pasa entonces desapercibida a lo largo de todo el año siguiente, no dejándose ver ni apenas escuchar hasta la llegada del próximo tardío. Sorprendente, ¿dónde y de qué manera se ocultarán de una forma tan magistral?




El bosque mixto caducifolio de la Sierra de La Demanda se marchita al compás de la berrea. Rojizas agrupaciones de serbales sobre las cascajeras de Dornaiza, en el Valle de Urdanta


miércoles, 9 de octubre de 2013

EL MAESTRO DE LAS ESCOBAS


Antonio Crespo Crespo, es un conocido y afamado vecino del municipio de Valgañón, en la comarca riojana del Alto Oja. Desde niño, supo manejar a la perfección los prolíficos recursos naturales que con amabilidad le iban brindado los fecundos montes que rodeaban su querido pueblo natal. Durante una porción de su vida, dedicada al gremio pastoril, instintivamente supo aprovechar cada materia prima a su debido momento, exprimiendo hasta su último ápice de utilidad, abogando siempre desde el principio de la sostenibilidad y el respeto por la naturaleza.

Acumula una profunda sabiduría septuagenaria y es un libro abierto la hora de rememorar viejas anécdotas relacionadas con un más que vertiginoso modo de vida rural acontecido en otros tiempos; ya pasados, pero no tan lejanos como cabría esperar.

Orgulloso él, todavía logra permanecer anclado a sus viejas costumbres y tradiciones. A pesar de ello, sus pensamientos no son para nada arcaicos y remotos, sino todo lo contrario. Su humanismo y contumaz ingenio lo aproximan al mundo contemporáneo, del que permanece felizmente aislado entre fecundos huertos y arboledas; rodeándose de perros, gallinas, palomas y conejos, a los que atiende con sumo esmero.  

Antonio disfruta con el presto oficio de la huerta ecológica. 


Su  entretenida conversación nos invita a conmemorar un emotivo fragmento de la historia transcurrida. Variopintas vivencias evocando las hazañas y sometimientos de una biografía plena de existencia. Un interminable repertorio que se plaga de testimonios audaces y realistas, a los que se suman pletóricos acontecimientos, entre los que llega a alcanzarse cierto tono épico que casi roza lo legendario, aderezados siempre con una nota de crudeza y valor, ¡mucho valor! 

Turbadora es su expresión durante la detallada y fidedigna narración de los hechos ocurridos, y que fielmente es capaz de rescatar de la memoria del olvido.  A la cruda realidad vivida, numerosas veces había que sumar la satisfacción que suponía el convivir en el seno de una comunidad rural aislada e inexorablemente precaria, pero en la que siempre se aspiraba a conjugar una hermandad permanente y amena; confraternizando amistad, simpatía y solidaridad mutua, compasivos valores que en nuestros momentos se encuentran en franca decadencia. Los buenos momentos de entonces pasaban a ser eternamente recordados por todos. El conformismo por la austeridad, por los bienes escasos, satisfacía a todos por igual y de qué manera. ¿Y por qué razón?, porque sencillamente en aquellos momentos no existía ni quedaba mucho más. 

-Eran otros tiempos tan distintos-, reitera el viejo pastor. -¡Qué épocas más bonitas!-, suelen relatar nuestras abuelas nostálgicas. 

Cuántas cosas buenas y saludables habríamos podido aprender en la actualidad de aquellos "polvorientos" hábitos desarraigados. Usanzas que la mayoría tilda de inservibles, anticuadas y retrógradas. Así que, una vez más, la dramática imposición del pensamiento globalizado aferrándose por evaporar la veracidad del saber ancestral. Se trata de unas meritorias costumbres endémicas que no debemos dejar atrás, emanadas de una fértil tierra madre y que todavía consiguen permanecer impresas en nuestros paisajes, con sus pueblos y sus gentes, manifestándose en nuestros propios rostros y tradiciones.

¿Avatares de la inexcusable evolución biológica de nuestra especie? 

Mediante este artículo, realizaremos una atípica excursión imaginaria discurriendo a través de la senda del tiempo. Breve y embriagador recorrido paseando por los albores históricos y culturales del Alto Valle del Oja. 

La confección de escobas artesanales, haciendo acopio de elementos naturales, ha sido una práctica generalizada a lo largo de toda nuestra geografía rural. En este sentido, Antonio me ha contado como antaño la escoba de brezo era un utensilio muy demandado por la gente de campo, esencialmente por aquella que se encontraba más ligada a las labores y ocupaciones de tipo agropecuario. Lleva realizándolas desde hace algunos años, durante sus ratos libres, pues la pertinaz dedicación vinculada a sus antiguas profesiones le impidió ocupar parte de su tiempo en el montaje de tan cotidiano enser. Sí se fijó y aprendió de los viejos pastores de su pueblo, que bajaban afanosos el ingrediente principal de los montes de La Zaballa y Zamaquería, entrado el verano. Algunos de los mismos, llegaban a confeccionar más de 300 unidades al año, todas ellas hechas mano por mandato previo, y que suministraban a ganaderos y otros particulares de pueblos y ciudades.  Las primeras que empezó a construir las vendía por 500 de las antiguas pesetas.  Actualmente monta alrededor de unos 30 ejemplares, prácticamente hechos por encargo, pues según los hace ya los tiene casi adjudicados. Los vende por un módico precio de 10 euros y la gente se las lleva incluso a las ciudades, para la limpieza de viviendas ajardinadas. Aunque, más bien, tiende a considerarse un artículo artesanal y decorativo, muy solicitado por hoteles y casas rurales.

La bonita obra artesanal de Antonio con sus escobas ecológicas, es digna de elogio. 


Cada familia solía poseer más de diez ejemplares, considerándose herramienta indispensable en los antiguos quehaceres cotidianos. Las escobas de brezo se utilizaban tras las faenas del trillado que se llevaban a cabo en las eras, para barrer y amontonar el trigo una vez separado de la espiga.  El suelo de las cuadras y corrales quedaba totalmente saneado tras realizar una vasta labor de barrido pues, el cepillado que ejercían las duras y flexibles cerdas de brezo, facilitaba el desprendimiento del estiércol que acababa compactándose en la solera de los establos. También se utilizaban en las tareas del hogar, especialmente en la limpieza de escaleras, portales y entradas de las casas.

La obra está realizada con pequeñas ramas de brezo, sometidas a un proceso de desecación durante un periodo de mes y medio. Según afirma el artesano, la especie apropiada para la confección es el “biércol” o “berocillo”. Nombre un tanto controvertido, que se aplica para designar vernáculamente a las distintas especies de brezos que se encuadran en los géneros botánicos Erica y Calluna. Parece ser que dicha acepción también se ha empleado para reunir bajo el mismo nombre vulgar aquellos ejemplares que ostentan una talla más bien reducida, independientemente de que se trate de especies diferentes o con distintos portes naturales. Las plantas que poseen mayor estatura y una ramificación más desarrollada suelen recibir la denominación autóctona de “berozos”. 

Erica vagans es un tipo de brezo de baja estatura que presenta un porte achaparrado. Bércol es su denominación más extendida y popular en la zona del Oja. En los alrededores de la Dehesa de Valgañón encontramos buenas muestras de su presencia. 


Dentro del primer grupo, nos encontramos con las matas Erica vagans y Calluna vulgaris, cuyos portes no suele superar el medio metro de altura y que durante los días últimos de verano hemos podido observar en plena floración. En el segundo grupo hallamos especies arbustivas más leñosas, como el brezo arbóreo Erica arborea y el brezo rubio o rubión Erica australis. Para llevar a cabo la adecuada manufacturación, éstas últimas debían ser sometidas a un tratamiento periódico de “roza” o corta, con el fin de favorecer en el arbusto una morfología de tipo achaparrado, poseedora de un ramaje mucho más corto, más denso y menos lignificado en sus partes apicales. Según el autor, el mejor material se recolectaba en el sotobosque de los pinares, cuando las repoblaciones eran jóvenes y espesas. Entonces, el efecto de la sombra proyectada por el pinar junto al continuo ramoneo ejercido por las ovejas, provocaba los efectos deseados sobre el crecimiento y mejor flexibilidad del ramaje de los brezos. Tal circunstancia, ha variado drásticamente en la actualidad, pues los pinares se han ido aclarado con la edad mediante tratamientos selvícolas y la cabaña ganadera ha disminuido considerablemente en número de cabezas pastantes. 

Sin más preámbulos, a continuación pasamos a describir los pasos fundamentales a seguir para la elaboración de la escoba artesana: 


1. Recolectado el material vegetal con las medidas adecuadas, éste pasa a deshidratarse durante un periodo de tiempo de mes y medio. Para ir moldeando la forma del cepillo, conviene hacer una pequeña gavilla o manojo ayudándonos de una cuerda. 



2. Para sujetar el cepillo y darle la forma definitiva, se utiliza un alambre fino y flexible. A continuación se hace un primer enrosque  y seguidamente, con el alambre en tensión amarrado por uno de sus extremos, vamos enrollando el pequeño fajo de ramas de brezo. De esta forma, la base de la precursora gavilla queda atenazada y terminada.
 




3. Luego, como elemento opresor, con el mismo alambre se hace otro arrolle en la parte media del cepillo, pero en este caso la tensión solicitada no debe ser tan fuerte. Basta con hacerlo manualmente.



4. Se recortan los extremos del cepillo.

  
 




5. Como mástil se emplea una rama apical de un pino o abeto. Madera adecuada por su correcta rectitud y suma ligereza. También pueden utilizarse ramas rectilíneas de otros árboles como fresnos, arces o acebos. Se afila la punta de uno de los extremos del palo, sirviéndonos de un hacha de mano. Lijamos y pulimos restos de corteza y nudos.



6. Literalmente hincamos la gavilla en el afilado palo, dando golpes secos en el suelo por extremo opuesto del mismo. Es sumamente importante que la penetración se haga lo más aproximada al centro de la base del cepillo, pues tal circunstancia llega a influir de forma decisiva en las posteriores labores de barrido. Después clavamos una pequeña punta cercana a la base del mismo cepillo, una vez hincado en el palo. De esta manera afianzamos el amarre entre ambos.




7. Según el maestro la labor de barrido ha de hacerse en las dos direcciones, para que la punta del cepillo no coja “vicio” y termine por doblarse.


¡El que tenga tiempo y quiera, ya puede ponerse manos a la obra!
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

LOS HAYEDOS DEL ALTO OJA DAN COBIJO A UNA EXTRAÑA SETA DE MONTAÑA, EL ALBATRELLUS PES-CAPRAE


Hola amigos, en esta ocasión quiero mostraros una curiosidad micológica que resulta de sumo interés para el territorio natural de la Sierra de la Demanda riojana. Se trata de un extraño hongo que siente verdadero apego por las masas forestales de hayedo. Especialmente, en aquellas que quedan establecidas sobre enclaves topográficos elevados, en localidades más bien de montaña. En general, su presencia se considera extremadamente rara y excepcional, habiéndose citado una única vez dentro de las demarcaciones boscosas del Alto Oja. Carmelo Úbeda, en su libro sobre las Setas del Alto Oja, señala una antigua ubicación también localizada bajo hayas, en el paraje de El Yedro (Zorraquín) a 1.120 m.s.n.m. Desde entonces han transcurrido casi 14 años. 

El Albatrellus pes-caprae o pie de cabra crece localizadamente en algunos hayedos montanos de la comarca riojana del Alto Oja. Ostenta un modo de vida saprotrófico, alimentándose sobre el suelo de la materia orgánica en proceso de descomposición.


En todas las guías y libros sobre micología, cuando dicha seta aparece descrita, su exposición siempre se ve acompañada de algún comentario acerca de su consabido grado de  rareza y escasez general. En nuestra comarca, pienso que se comporta como una especie muy localizada, de querencias geoclimáticas específicas, que tiende a aparecer esporádicamente en ciertos bosques de hayas asentados sobre los espacios de la media montaña demandesa. A su particular apariencia, ligeramente alabeada, se suma una críptica coloración pardusca. Dichos aspectos favorecen una disimulada conducta reproductora; apareciendo el carpóforo sutilmente camuflado sobre el mantillo y los musgos que se acumulan en el sotobosque umbrío. Como anécdota, quiero añadir que en mis 15 años de recolector no he tenido la oportunidad de toparme con este insólito hongo creciendo en su medio natural. Sí es cierto que algunos años se han presentado varios ejemplares en las Jornadas Micológicas otoñales de Ezcaray, pero todos ellos procedían de otros lugares ajenos al valle del Oja. 

En este caso, los especímenes presentados me los aportó Enrique Loma, vecino natural de Ezcaray, gran apasionado de las setas, la caza y la montaña desde su más joven infancia. Los recolectó accidentalmente en un punto concreto de los hayedos de la zona de Tres Aguas y, pensando que se trataba de algo raro, me los bajó para que los examinase con detenimiento. Tampoco él los había visto nunca en su más de 25 años de experiencia micológica, y lo cierto es que se conoce esos mismos hayedos como la palma de su mano. 

Hábitat. Hayedo, sobre un pequeño relieve allanado cubierto por musgo. Orientación norte. Suelo ligeramente ácido: areniscas-dolomías triásicas. Aparece en veranos y otoños templados. Raro en general y muy escaso en el valle del Oja.


Aunque este hongo se aprecia como comestible en estado joven, su recolección con fines gastronómicos queda completamente desaconsejada. Debemos considerar esta premisa como una simple medida de protección cautelar, que trata de asegurar la supervivencia de tan exclusiva especie. Respétala. Y si por casualidad la arrancas por desconocimiento, déjala en su lugar de origen, para que pueda completar con éxito su excepcional ciclo reproductivo.  

El Pie de cabra Albatrellus pes-caprae presenta un aspecto general que puede recordar al de una boletácea o también al de alguna especie de poliporo (Polyporus) de tamaño medio. Es frecuente que en la bibliografía, el nombre del género también aparezca descrito bajo la denominación latina de Scutiger, en la que también se incluyen otras 5 especies de distribución europea. Así, Scutiger pes-caprae se distingue fácilmente del resto de sus congéneres por ostentar un sombrero más o menos convexo, con el margen irregularmente lobulado. La cutícula del mismo se tiñe de tonos pardo-oscuros, entreverándose con algún matiz rojizo. Su piel es de tacto hirsuto, velloso, decorándose por mechas y escamas cuyas dimensiones se van pronunciando con la edad de la seta a medida ésta completa su desarrollo. 

El nombre popular Pie de cabra proviene de la peculiar morfología que ostenta el sombrero. Tiende a parecerse a la pezuña lanosa de una cabra. La superficie de su piel es completamente vellosa y tiende cuartearse con la edad, aumentando más si cabe dicha similitud.  


La parte fértil del carpóforo se compone de una trama de poros y tubos de contorno aparentemente irregular, anguloso. Son de color blanco y pueden amarillear ligeramente con la presión de los dedos. Dichos orificios son decurrentes y se propagan por una buena parte de la superficie del pie. Éste es corto y robusto, disponiéndose excéntricamente, hacia el lateral del sombrero. La consistencia de la carne es dura y compacta, recuerda a la de los citados poliporos, especies lignícolas y saprófitas, que crecen sobre restos leñosos.  

El tejido fértil se compone de una trama de poros angulosos que decurren sobre la superficie del pie. Éste suele ser corto y robusto y se dispone excentricamente hacia el lateral del sombrero.



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